4 años. septiembre 7, 2011
Posted by GerardPB in Experiencia personal, Reflexión.add a comment
4 años.
Las pérdidas son parte de una vida. Perdemos los dientes, perdemos cabello, perdemos cosas y perdemos amigos.
Esas pérdidas, en lo personal, trato de canalizarlas para convertirlas en ganancias. Aunque no siempre fue así. Hoy recuerdo y hoy vivo. Hoy no sé si tengo fe, pero sé que tengo vida.
¿Qué es la fe? Seguramente algo muy personal que radica en la mente y corazón de cada persona. Es percibida y externada de forma muy particular. Pregonada o guardada para uno mismo, sin duda es un factor fundamental en la sociedad moderna, sin haber pasado de moda ante una generación revolucionada por la tecnología. Hoy hace cuatro años que el grado de enseñanza ante la pérdida de un ser querido, se torna en una lección día a día. “The days after the life”.
Cuando tenía 5 años, recuerdo esperar impaciente la llegada de mi tía, quien fuera mi madrina de bautizo. Tenía la costumbre de llevarme un Paletón (Paleta de malvavisco, cubierta de chocolate).
Son esos pequeños detalles que van fundamentando cariño entrañable. No sólo por los regalos que una tía puede dar a su sobrino, sino por la relación de una vida y el ejemplo que puede dar con las acciones realizadas, ya sean buenas o malas.
Cerca de los 7 años, recuerdo bien dirigirnos hacia el hospital. las 6 de la tarde según recuerdo y escuchábamos en el coche, el noticiario de “Radio Red” (quizás este fue mi acercamiento a las noticias y mi encuentro con la que posteriormente sería mi carrera profesional). Ese era el comienzo de una larga espera para que mi tía fuera intervenida quirúrgicamente. Los highlighs de esos momentos son imágenes clave, no lineales. Recuerdo la espera en el coche. Mis primos reunidos. Larga espera abrazado a mi prima y hermana Nallely. Un médico con ceja poblada saliendo a hablar con mi mamá y ella entrando de inmediato a donde tenían a mi tía. El resto de la historia, es el argumento de una hermana (mi madre) que fue testigo de la “resurrección” milagrosa (según palabras médicas) de su hermana menor (mi tía). Sin entrar en detalles, un momento de impacto en la vida de un niño, cuyas influencias de vida se vieron marcadas por sucesos fuera de lo ordinario, en varios aspectos y en distintos tiempos.
Años más tarde, durante varios meses tuve la oportunidad de estar con mi tía en un triste camino ante los embates de una enfermedad terminal, cuyos efectos habían sido sedados durante algunos años por un grupo pseudo espiritual cuyo principal motivo de existencia era la ‘sanación’ de las personas a través del uso de “energía”. Esto generaba una especie de placebo que le venía bien a la mente y sin duda alguna fue factor clave para la notable mejoría de mi tía. Mis convicciones sobre los métodos y costumbres de estas personas, eran nulas. Lo único que importaba en ese entonces, era que mi tía se sentía mejor y tenía ganas de ayudar a la gente, de transmitir un mensaje de paz, de amor, que hoy día es muy común escuchar entre la gente y algunas personalidades como Claudia Lizaldi, compañera de trabajo y gran persona, con quien comparto gran parte de ideas sobre el camino que podríamos tomar como humanidad.
Esas enseñanzas que para mi van más allá de las palabras, fueron las siguientes: El estar convencido de algo, sin duda te llevará a lograrlo. A alcanzarlo. Pero en el momento en que los factores contextuales te fallen, la convicción se quebranta y como efecto dominó todos los logros y alcances se desvanecen. Sin tomar en cuenta la omisión ante algunos factores no espirituales como la medicina y los tratamientos científicos.
El balance entre una mente sana y un cuerpo sano no sólo radica en lo intangible. Probablemente la ciencia y la espiritualidad poco a poco se acercan más. Yo hubiera deseado que esa fuera la premisa dentro de las convicciones de mi tía. Pero por desgracia no fue así.
No me cabe duda. El día en que la líder del movimiento espiritual, cuyo nombre (Sara Otero) me causa escalofrío aún, usó las palabras menos adecuadas para designar a mi tía como una simple imagen publicitaria y se atrevió a negarle que siguiera yendo, pues causaba (en palabras textuales de esa mujer) “Lástima”. Ese día y esas palabras marcaron el declive en una convicción puramente espiritual y de lo más sincera que pudo existir.
Imaginen (los que son creyentes) que los sacerdotes, pastores, ministros y demás líderes espirituales lleguen un día y les quiten toda esperanza, descubriendo las macabras intenciones lucrativas que conlleva pertenecer a un determinado grupo religioso, ideológico o espiritual. Me queda claro que las nuevas generaciones no tendrían problema alguno con mandar a la chingada a la iglesia. Pero no podemos decir lo mismo de las generaciones cuyo fundamento espiritual ligeramente evoluciona ante los cambios tangibles como la curación temporal y los ofrecimientos de una mejor vida.
El 7 de septiembre de 2007 mi perro Giorgio (quien dos años después muriera), aullaba inconsolable. Recuerdo las palabras de mi madre: “Ve con Giorgio y platica con él. Acaricialo para que se tranquilice”.
No sé qué vio o percibió, pero cuando llegué con él, parecía que me quería enseñar algo. Me volteaba a ver y volteaba a ver hacia enfrente. Algo que no vi, que no podía distinguir. Al menos, de forma evidente, estaba ahí.
Recuerdo que los lapsos de tiempo en ese día, eran imperceptibles. Yo tenía que ir al centro a cambiar el display de mi laptop pues al día siguiente tuve trabajo en Monterrey. Antes de eso acompañé a mi prima Marisol a comprar algunas cosas.
A menos de 1 minuto de haber salido en la camioneta hacia el mercado más cercano, una llamada entrante al teléfono de mi prima me advirtió sin esperar a que contestara que tenía que dar vuelta de regreso. Creo que esa vuelta ocasionó tiempo después que se tuviera que cambiar la flecha de transmisión del lado derecho pues en un acto totalmente instintivo di vuelta sin importarme el tránsito, las imperfecciones del asfalto y los reductores de velocidad. La gente en la calle dirigió su mirada curiosa ante mi ‘volantazo’ para cambiar la dirección y regresar a mi casa, pasando los topes sin cuidado y acelerando a fondo en una avenida de baja velocidad. En ese momento no me importaba. La sensación que tuve al escuchar el timbre del celular de mi prima nunca se me va a olvidar. Fue una combinación de miedo, coraje e impaciencia.
Llegamos a la puerta de entrada de mi casa entramos corriendo. Los siguientes minutos además de eternos, fueron grabados en mi mente de una forma muy peculiar. Me di cuenta de que algunos momentos cruciales tengo la facultad de pensar fríamente, aunque ya tranquilo y habiendo pasado algún rato, me derrumbe. La experiencia de ver una vida que se extingue es algo sin lugar a dudas impresionante. La perspectiva de la existencia en general, cambia. Es una sensación muy clara de impotencia el saber que no eres capaz de dar tu vida. En serio, no podemos dar la vida por alguien. Toda metáfora se queda pequeña ante tal situación.
Lo más claro que recuerdo es sentir una estática recorriendo mi cuerpo. Tal vez víctima de la adrenalina, tal vez es verdad que el universo está perfectamente balanceado que la energía de nuestro cuerpo regresa como parte de un ciclo. No sé, pero el resto es historia. Sólo quienes estuvimos alrededor de mi tía en sus últimos momentos, sabemos lo que sentimos, lo que vimos y lo que pensamos. Sobre todo lo que llevamos en la mente a cuatro años de que sucedió.
Tras hacer las llamadas pertinentes y dejar iniciados algunos trámites vía telefónica, así como dar aviso a la gente más cercana, me fui al centro a cambiar el display de mi laptop. Ese lapso me bastó para darme cuenta de que estuve en los últimos meses de vida que tuvo mi tía. Que al final el apoyo fue mostrado y que aprendí (y sigo aprendiendo) de su situación, de su forma de pensar y de sus experiencias. Fue por eso que no tuve necesidad de quedarme al sepelio. Al menos no sentí esa necesidad protocolaria de quedarme a la tradición. Estaba convencido de que lo que pude dar se lo di en vida.
Tal vez lo sucedido me volvió una persona más fría. Renuente a forjar fuertes lazos humanos. Es un instinto de protección ante la inevitable pérdida de las personas que más quieres.
A la vez aprendí que las personas vienen y van en tu línea de tiempo. No hay amistades eternas y tampoco estamos obligados a ser de confianza o a confiar ciegamente en alguien.
Aunque no sé si lo logre en un 100%, trato de buscar y ejercer equilibrio. Aunque el desbalance de la gente que me rodea sea constante y en mayor medida el desbalance propio impida ser un ejemplo a seguir.
Creo que hay que vivir. No hay que callar algunas cosas, otras sí. No hay que quedarse con las ganas. Hay que afrontar las pérdidas que conllevan nuestras acciones y no lamentarse por ellas. Sino aprender de ellas.
Podemos perder a alguien sin que esta persona fallezca. Y podemos nunca, pero NUNCA perder a alguien aunque su cuerpo se desintegre en una tumba.